La criminalidad

de-criminalidadLlega cada día muy temprano a mi casa y entra con el periódico. Allí conversa conmigo de todos los daños que hace a mí alrededor y, no solo eso, también me trae fotografías de todos sus crímenes. Además me señala casi con detalles las direcciones de donde comete todos sus hechos abominables. Después de interrumpir mi paz sin darme tiempo al menos a desayunar, me deja con un montón de preguntas sin respuesta. Pues no podría yo culpar a Dios por ello, pero nada, con todo y eso mi día tiene que continuar. Enciendo mi automóvil con mucha precaución, pues ya sé que ella me observa en espera de cualquier oportunidad para hacerme parte de su estadística.

Después de chequear bien, salgo de mi marquesina y al llegar al semáforo observo los futuros empleados de la criminalidad: niños que limpian cristales y hacen otros oficios informales cuando deberían estar en el aula de una escuela. Observo con mucha pena un adulto que abusa de uno de estos menores y en eso cambia el semáforo. Y sigo la marcha… A unos 300 metros encuentro un grupo de personas arremolinadas. Cuando me acerco, veo un hombre tirado en el pavimento, trato de informarme y me dicen que alguien lo atropelló y se dio a la fuga. Pero aquel hombre lloraba como un niño, pedía que le buscaran a su mujer. Alguien gritó “este hombre tiene media hora tirado aquí y ¡no llega una ambulancia!”. No bien terminó de decir esto cuando llegaron unos bombero. Me quedé asombrado por la delicadeza con que estos paramédicos trataron a esta víctima del crimen. (continuará…)